
A pesar de todo, sigo creyendo en la Iglesia. ¿A pesar de qué? A pesar de que sus actitudes con los de dentro y los de fuera no corresponde con lo que se podría esperar de una madre que quiere a todos sus hijos por igual, pero que siente especial predilección por los más frágiles y débiles.
¿Y quiénes son los hijos más débiles de la Iglesia? Aquellos que han dejado de sentirla como una madre porque los maltrata, los desprecia y hasta los rechaza. Los débiles de la Iglesia son los que no terminan de encajar en la normativa oficial del Magisterio porque no son capaces de cumplir a rajatabla todos los dictados que su “madre” les impone.
Pienso, especialmente en los casados vueltos a casar, en los homosexuales, en los teólogos que Roma silencia por ir en búsqueda de la verdad, en las madres solteras, en las madres que se han visto obligadas a abortar, en los sacerdotes que han roto su compromiso con el celibato, en los profesores de religión que han sido despedidos de los colegios donde daban clase porque no presentaban un currículum intachable en cuanto a la moral y costumbres, en los jóvenes que tienen relaciones prematrimoniales, en los matrimonios que utilizan el preservativo…
Todos ellos son mis hermanos, e hijos de la misma madre Iglesia que les exige lo que no pueden dar. Y a pesar de todo sigo amando a la Iglesia, porque ella fue la que me posibilitó conocer y experimentar a Jesús como el Señor de mi vida.
En la Iglesia conocí la Palabra de Dios que puso en entredicho los valores del mundo sobre los que estaba construyendo mi vida, y pude edificar de nuevo modificando esos principios fundamentales como fruto de un cambio de mentalidad.
En la Iglesia aprendí a rezar y a tratar con Dios como la interioridad más íntima que habitaba en el centro de mi alma.
En la Iglesia descubrí a Jesucristo como Señor de todo lo que soy y norma de vida. Él me enseñó a saber distinguir entre lo necesario y lo relativo, entre lo esencial y lo transitorio, entre el fin y los medios. A Jesús lo conocí en la Iglesia y por Él descubrí que la Iglesia no es un fin en sí misma, sino un medio para saborear una vida que ya se me había regalado.
En Jesucristo comprendí que cuando la Iglesia no habla de Dios, no habla de nada; que cuando la Iglesia no vive de Jesús y para Jesús, no vive para nadie; que cuando la Iglesia condena antes que ofrecer la salvación, se está condenando a sí misma; que cuando la Iglesia no escucha, es que ha dejado de escuchar la voz del Espíritu de Jesús que habla por la boca de todo bautizado; que cuando la Iglesia oprime, ahoga y no libera, está mancillando el rostro salvador de Dios; que cuando la Iglesia se sirve a sí misma, antes que servir a los demás, es una Iglesia que no sirve para nada.
Y a pesar de todo, sigo creyendo en la Iglesia, porque no todos sus hijos son iguales, porque el ejemplo de algunos vale más que la mediocridad de muchos. Y sigo creyendo en la Iglesia porque a pesar de que muchos hombres de la Iglesia creen en la Iglesia antes que en el Jesús de los Evangelios, su contra testimonio no consigue ensuciar la fe de tantos hombres y mujeres que a través de esta madre han aprendido a vivir de Dios y para Dios.
En la Iglesia me he encontrado con muchos cristianos que lo dan todo en el servicio por los más frágiles de esta vida. Hombres y mujeres presentes donde otros no son capaces de llegar. Comunidades entregadas a los más sufrientes. Creyentes desprendidos, entregando su tiempo y su vida por estar cerca de los enfermos, de los que la sociedad rechaza, de los más desvalidos.
Y a pesar de que muchos obispos y sacerdotes viven como señores feudales, haciendo la caridad desde una mesa de despacho, y tomándose las medidas para una nueva sotana o capisayo de seda natural, sigo creyendo en la Iglesia que se encarna en el corazón de aquellos que han hecho del Evangelio la fuente fundamental de su vida. Por ellos y no por los otros sigo creyendo en la Iglesia, pero no me importa mucho porque al atardecer de la vida, a todos nos examinarán del amor, y no de otra cosa.
A estas alturas de la vida, ya no doy la cara por la Iglesia que escandaliza, que se defienda a sí misma, si es que puede. A la Iglesia la defiendo con uñas y dientes cuando se denigra el ejemplo de los que trabajan sin descanso por acercar la presencia salvadora de Jesús a los pobres de este mundo, dejándose la vida por el camino. Ellos sí son el auténtico rostro de la Iglesia, por el que sigo creyendo, a pesar de todo.
servido por ajulipi
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