
El problema fundamental de la Iglesia es que ya ha dejado de hablar de Dios, y por eso ha dejado de interesarle al hombre. La percepción que los ciudadanos tienen de la Iglesia es que gasta demasiado esfuerzo, empeño, y tiempo en defenderse de los ataques explícitos o implícitos de una sociedad secularizada.
La Iglesia no ha sabido encontrar su sitio en un mundo que progresa a pasos de gigante y que se muestra indiferente ante el Dios que predica. La aconfesionalidad promovida por la mayoría de los gobiernos europeos parecen haber dejado a la Iglesia fuera de juego, y esta no hace sino luchar por recuperar su lugar, del que tan satisfactoriamente se beneficiaba en épocas pasadas.
Esta situación ha provocado que la Iglesia se organice más bien pensando en resaltar sus diferencias frente a un mundo alejado de ella y de Dios, y posicionándose en recalcar el depósito moral y doctrinal del cristianismo, como mediación exclusiva para la salvación. Con esta estrategia defensiva, su situación como institución inserta en medio del mundo, quiere ser de predominio, fijando su interés en que las leyes de los gobiernos se adapten a sus directrices.
Esto provoca que la Iglesia esté más atenta en defender sus propios intereses que en predicar el Evangelio, hablar de Dios y transmitir una experiencia espiritual que pueda llenar el vacío de Dios del hombre moderno. El gran ausente hoy en día en el discurso de la Iglesia es Dios.
Se habla de Educación para la Ciudadanía, de las clases de Religión, de los métodos anticonceptivos, de la pederastia de los sacerdotes, del celibato, de la negativa a la ordenación de las mujeres, de los matrimonios homosexuales, de la ayuda por parte del Estado a las madres solteras, de la financiación, del nombramiento de los obispos…, y de Dios ¿cuándo se habla?
Si el mundo se duele de su vacío espiritual, la Iglesia debería ser la primera en llenar esta ausencia a través de un discurso que ayude al hombre a encontrarse con su Creador. Pero destacan mucho más sus abusos, condenas, rechazos y exclusiones que sus palabras de aliento, comprensivas, acogedoras y reconciliadoras. Desde aquí se puede entender que le cueste tanto hablar de Dios, porque eso la llevaría a modificar su discurso por otro mucho más respetuoso con el hombre moderno, más sensible y amable, y cargado de ternura y benevolencia.
¿Dónde están los obispos, maestros de oración y hombres de Dios? Si echo una mirada al tendido sólo me encuentro con aspirantes a políticos, estrategas, y gestores con vocación de empresarios. El mundo no necesita a estos administradores de doctrina, sino a hombres libres que puedan hablar de Dios sin pelos en la lengua, y que sepan rezumar la experiencia del encuentro personal con el Dios de la vida y de la misericordia.
Me da pena ver cómo la Jerarquía católica sustituye el mensaje del Evangelio y la experiencia del Espíritu por un discurso normativo, moral y doctrinal que tan alejado queda para la gente de dentro y de fuera de la Iglesia. Menos mal que todavía nos queda el ejemplo de algunos hombres que, lejos de transparentar el rostro de la Iglesia, son capaces de hablar con su vida, del corazón de Dios y son modelos a seguir e imitar.
Cuanto más se aleja la Iglesia de la experiencia del Espíritu, más se agarra al Derecho Canónico y a la letra del Magisterio como última palabra de verdad con la que martillear la conciencia de los fieles.
A la Iglesia le da miedo el mundo y el hombre moderno, por eso se atrinchera en posiciones defensivas, como queriendo salvaguardar su identidad a toda costa, protegiendo a sus miembros de las influencias sociales con las que deberían estar en constante diálogo. La Iglesia no quiere que se cuestione el depósito de su tradición, aunque para eso tenga que pagar el precio de erigirse en un ghetto impermeable. Pero así pierde autoridad moral y pierde todo poder de interpelación y convocatoria en la sociedad.
En las manos de la Iglesia está el recuperar una palabra de esperanza para un hombre sediento de Dios, pero perdido en la inmensa maraña de ideologías falaces y deshumanizadoras.
Sin Dios, el mundo va a la deriva, pero no parece que la Iglesia esté dispuesta a navegar junto al hombre que busca nuevos horizontes de verdad. Que le pregunten a los jóvenes qué piensan de la Iglesia y tendremos una respuesta muy acertada acerca de su insatisfacción. No es de extrañar que ante tal panorama se busquen en las sectas y movimientos esotéricos lo que la Iglesia no es capaz de ofrecer. Y es que la pregunta sobre Dios sigue siendo un misterio sin colmar al que todos querrían responder, pero sin esta Iglesia ombliguista que ya se ha olvidado cómo hablar de Dios.
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