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La Coctelera

FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

IN DUBIS LIBERTAS: Una mirada desde dentro y fuera de la Iglesia

13 Septiembre 2007

AMOR Y AMISTAD: LA IMPOSIBLE RECONCILIACIÓN

Conozco a personas que no dudarían en entregarlo todo, hasta su propia vida si fuera necesario, por defender y dar la cara por su mejor amigo. Muchas veces me he preguntado por ese extraño sentimiento que les une y que cualitativamente se diferencia de la relación amorosa que mantienen con sus respectivas parejas. Ciertamente, se trata de dos maneras de amar diferentes, aunque con rasgos comunes.

Los amigos son para toda la vida y verdaderamente se cuentan con los dedos de la mano. Las parejas, mientras el proyecto común se mantenga, pueden durar eternamente, sin embargo, cuando por circunstancias diversas eso se rompe, no queda nada, ni tan si quiera una amistad con los componentes de incondicionalidad que la suele caracterizar; digamos que en el mejor de los casos, un buen entendimiento civilizado suele ser el final de una relación amorosa.

Por lo tanto, el amor de amistad y el amor de pareja, aunque parezcan ser similares, en realidad se oponen diametralmente. ¿Qué caracteriza a uno y a otro para distinguirse tanto?

El amor de pareja está basado en el afecto, en lazos más cercanos a la fraternidad, en la gratuidad y la incondicionalidad. Estos dos últimos son muy importantes porque son la base fundamental de su autenticidad. La gratuidad es aquello que no exige respuesta, que no pide a cambio de nada, que no tiene ningún otro tipo de interés oculto. Y la incondicionalidad es, como la propia palabra dice, lo que no pone ningún tipo de condiciones, porque no pide nada en contrapartida. La amistad, por sus propias notas que así la definen, puede mantenerse por encima del tiempo y del espacio.

Por el contrario, el amor de pareja exige respuesta. Está teñido por el deseo sexual, requiere una correspondencia por igual o superior al amor entregado, es posesivo, puesto que no admite que sea compartido en el mismo sentido a como es vivido por cada miembro que compone la relación, es exclusivo y, por lo tanto, en cierta medida es celoso, no es incondicional dado que requiere continuamente una respuesta a los impulsos de atracción que se fraguan dentro de la relación, se aleja mucho de la gratuidad por los intereses comunes, como son los hijos, que están en medio, y necesita continuamente de la presencia física de la persona amada. Un amor así, salvo en casos de extrema necesidad y por un período de tiempo limitado, no se puede vivir desde la lejanía, ni física ni temporal.

Algunos pensadores han intentado conciliar estas dos formas de amar, proponiendo como paradigma del amor verdadero, una amistad con espacios para la relación sexual. Esto que parece un despropósito desde la moral católica, no parece ser tan descabellado, si se piensa con detenimiento.

Al amor de amistad le falta el componente del deseo para ser perfecto. Al amor de pareja le falta la gratuidad e incondicionalidad para serlo a su vez. Los únicos casos que conozco donde esta reconciliación se da en la práctica es en las relaciones homosexuales. Para Platón no cabía duda alguna, la amistad es la afección unitiva entre un hombre y otro, capaz de convertirse en amor erótico cuando crece en intensidad.

La experiencia muestra que en la actualidad las parejas se mantienen en su proyecto de vida originario cuando, además de su relación, los amantes desarrollan, fuera de la pareja, fecundas relaciones de amistad.

La amistad que integra la dimensión erótica supera con creces cualquier experiencia amorosa interesada y lleva el cuño, desde el principio, de la consistencia y durabilidad en el tiempo, y eso es algo muy importante hoy en día, dado la inestabilidad de cualquier proyecto humano a largo plazo.

En el cristianismo deberíamos repensar la concepción del amor de amistad para favorecer los grandes valores que hoy están en desuso y que tan necesarios siguen siendo para una sociedad que aspira a engendrar mejor seres humanos.

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FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

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Soy licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Trabajé durante varios años en el sector editorial como redactor y director de una revista religiosa mensual. Docente de la Universidad Pontificia de Salamanca, trabajé como profesor de Teología. En la actualidad colaboro en diferentes periódicos digitales y preparo diferentes publicaciones de ensayo y narrativa.

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