CURAS CÉLIBES, ¿HASTA CUÁNDO?

A estas alturas del partido, me suena a perogrullada afirmar que el celibato es un estado superior al del matrimonio en
No obstante, las manifestaciones de
Lo primero que quiero dejar claro es que entre sacerdocio y celibato no hay ningún tipo de relación intrínseca que impida la comprensión y vivencia del ministerio desde otro estado, como puede ser el del matrimonio.
Se argumenta, frecuentemente -puesto que la cuestión de la pureza y de la perfección no es de recibo- que el celibato supone una mayor libertad y exclusividad para el ejercicio del ministerio. Mi pregunta aquí es bien simple, ¿verdaderamente esto se ha cumplido y se cumple por parte de los sacerdotes? La respuesta, a la vista de los ejemplos que la vida nos pone por delante se decanta por el no. Aquello de que “vives como un cura”, por desgracia no se ha borrado en la práctica de la conciencia de los fieles, que son quienes mejor conocen cuál es el estilo de vida de sus curas. Basta echar una mirada al tendido para ver cuánto cura y prelado ocioso “vegeta” en
Por otra parte, se tiende a argumentar para la asimilación del celibato con el ministerio ordenado que la castidad sacerdotal es un símbolo escatológico del Reino. No me parece que eso sea así hoy en día, quizás lo fue en su momento, pero no en los tiempos que corren. Los símbolos pierden su significado cuando su significante no dice nada en el inconsciente colectivo. Hoy en día la virginidad sacerdotal no es un símbolo elocuente, ni interpelante para la sociedad o al menos para una gran parte de la sociedad alejada de
Para la gente más joven, la castidad se comprende como una tara para las relaciones personales. En vez de ver en los célibes un signo del Reino, se les percibe como “bichos raros”, imposibilitados para la experiencia del amor. La gente necesita otro tipo de símbolos encarnados en sus sacerdotes para dejarse cuestionar.
Es mucho más elocuente un cura que vive la pobreza, que es acogedor y desculpabilizador, que no condena, que perdona, que sabe estar cerca de los excluidos, que siente predilección por los marginados y desheredados de la tierra, que sabe escuchar, que sabe comprender, que defiende los derechos de los que la sociedad ha dejado sin derechos, que sabe llorar con los que lloran, que sabe reír con los que ríen, que no es ambicioso ni trepa, que vive la humildad del Evangelio y no tiene miedo a mostrar sus debilidades.
¿De que sirve un cura, un obispo, un cardenal y hasta un Papa célibe si no vive ninguna de esas cualidades que acabo de citar? Prefiero a un párroco casado, viviendo lo fundamental del Evangelio, que a uno continente que el Evangelio sólo lo conoce de oídas.
La vivencia profunda del mensaje de Jesús en el ministerio sí que cuestiona; lo del celibato es otro tema, porque para la sociedad moderna ser célibe no es un valor en sí mismo, ni un añadido superior a la exigencia evangélica.
El sacramento del Orden debería poder ser recibido tanto por célibes como por casados, puesto que ni quita ni pone a la esencia del ministerio. Otra cosa bien distinta es la forma en la que cada cual decida, por vocación, vivir su sexualidad, sin que por eso pervierta la dimensión genuina del sacerdocio.
El celibato debería ser una elección y nunca una imposición como conditio sine qua non para el acceso al ministerio ordenado.
¿Por qué
