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La Coctelera

FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

IN DUBIS LIBERTAS: Una mirada desde dentro y fuera de la Iglesia

26 Agosto 2007

A VECES, SIN LA IGLESIA

A veces me pregunto por qué algunos curas se empeñan en ocultar el significado de la Salvación que transmite Jesús en el Evangelio, poniendo trabas para que el resto de creyentes pueda acercarse con la sencillez de corazón con la que puede ser acogida por cualquier hombre.

Tengo la impresión de que la experiencia personal de la Salvación es mucho más sencilla, clara y diáfana que lo que algunas explicaciones que se escuchan desde el púlpito pretenden transmitir, como si fuera patrimonio exclusivo de la Iglesia que a regañadientes dispensa su acceso a unos pocos que verdaderamente se lo merecen.

¿Por qué es más fácil entender y vivir la Salvación desde el encuentro desnudo con el Resucitado, que a través del mensaje mediatizado que la Iglesia ofrece a los creyentes? ¿A caso el encuentro con Jesús es propiedad privada? Algunos curas parecen ofenderse porque la gente sencilla sea capaz de vivir la esencia del Evangelio al margen de las prerrogativas y condiciones que ellos imponen en su predicación.

Con esto no estoy afirmando que la Iglesia y Jesús sean dos realidades irreconciliables, o que la Iglesia no sea la mediación fundamental para el encuentro con Cristo. Mi intención es mostrar que el mismo Jesús está por encima de la Iglesia, y que cuando esta se convierte, consciente o inconscientemente, en un obstáculo para el hombre, Jesús es capaz de acercarse al corazón de aquel que lo busca a tientas, para salir a su encuentro y hacerle experimentar la hondura de su Salvación.

No me gusta que la Iglesia manipule lo que no le pertenece, ni me gusta tampoco que se erija en dispensadora exclusiva de los bienes del cielo. Me gusta, sin embargo, cuando la Iglesia hace de vehículo que facilita el encuentro del hombre con Dios, porque desculpabiliza, libera, acoge, y abona bien el terreno para que Dios pueda penetrar hasta los tuétanos y convertir el corazón del hombre.

No obstante, me resulta tan paradójico que sean las gentes sencillas, que igual ni ponen un pie en la Iglesia desde hace años, las que mejor comprendan y tengan más autoridad moral que la propia Iglesia para hablar o explicar el contenido de la Salvación. Sus vidas son el mejor testimonio de la Verdad del Evangelio, y ni las directrices de esos curas de mentes estrechas, ni las condiciones de esos predicadores que se creen los amos del mundo divino, les llegan a las suelas de los zapatos.

Seguramente, esas gentes no saben explicarse bien, ni tienen estudios de teología, pero su deseo de Dios y su experiencia personal del Evangelio avalan sus palabras torpes que dan fe de su sabiduría que ningún cura zoquete les ha enseñado jamás.

No entiendo por qué ese empeño de la Iglesia en explicar a medias, sin atreverse a desvelar del todo, lo que es la Salvación. Tampoco sé por qué nos quieren hacer llegar a su contenido a través de explicaciones, siempre insuficientes. La Salvación no se explica, se vive, se experimenta.

Cuando encima, la explicación se aleja radicalmente de la experiencia que todo hombre puede llegar a hacer por la libre iniciativa de Dios, y la Iglesia sigue demandando el poder darle el marchamo de su autenticidad, entonces apaga y vámonos. La Iglesia no está para restar, sino para sumar. La Iglesia no debe retener, sino impulsar. La Iglesia no debe coartar sino animar. Es como si le molestara que el encuentro con Jesús se pudiera dar al margen de lo que esos curas dicen, o imponen con tanta torpeza.

No me gusta ir en contra de la Iglesia, pero cuando la Iglesia obstaculiza la experiencia de Dios, prefiero vivirla sin la Iglesia, antes que privarme de ella, o no poder saborearla con la dulzura y transparencia a como el Evangelio, directamente, me posibilita hacerlo.

Me duele decirlo, pero por desgracia así tiene que ser muchas veces: siempre con la Iglesia, nunca contra la Iglesia, y sin embargo, a veces sin la Iglesia, porque Jesús está siempre por encima de todo, también por encima de la misma Iglesia.

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FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

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Soy licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Trabajé durante varios años en el sector editorial como redactor y director de una revista religiosa mensual. Docente de la Universidad Pontificia de Salamanca, trabajé como profesor de Teología. En la actualidad colaboro en diferentes periódicos digitales y preparo diferentes publicaciones de ensayo y narrativa.

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