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La Coctelera

FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

IN DUBIS LIBERTAS: Una mirada desde dentro y fuera de la Iglesia

20 Agosto 2007

CUANDO LA IGLESIA PIERDE LOS PAPELES

En la Iglesia la voluntad del Papa, del obispo, o del superior de una orden o congregación religiosa, se identifica con la voluntad de Dios, y esto consiste no sólo en el cumplimiento externo de los mandatos del superior, sino en la adhesión de espíritu y en la renuncia a hacer uso de la propia voluntad.

Por eso la crítica desde dentro de la Iglesia, no sólo no es comprensible sino que se percibe como un acto de desacato contra el mismo Dios que habla por boca de la jerarquía, anulando todo intento de disensión o crítica argumentada que no se configure exactamente igual a como la Iglesia (desde cualquiera de sus estamentos) exige que se cumpla.

La libertad interior, la libertad de conciencia, la libertad de espíritu, aunque son facultades reconocidas a todo hombre por la teología antropológica, en realidad no se permite que sean vividas en el seno de la Iglesia católica, por la amenaza que habitualmente pesa sobre ellas con el castigo, el silencio o la exclusión.

La cuestión que se desprende de esta forma habitual de utilizar la obediencia que tiene la Iglesia, en la que ni la inteligencia, ni la libertad del individuo son respetadas, es que se trata de una actitud que en ningún caso se puede justificar éticamente.

El problema que aquí se plantea supera la misma ética, puesto que del Evangelio no es posible sacar este tipo de actitudes impositivas por parte de Jesús. Jesús se limita a proponer, a cautivar, a entusiasmar, a sensibilizar, a despertar al hombre adormecido, pero jamás a imponer a sus discípulos aquello que Él mismo sabe que es la voluntad del Padre.

El Papa, junto a la Curia romana, y a los obispos forman un círculo cerrado en el poder, sin fisuras ni disensiones. Frente a este muro de hormigón se encuentran el resto de sacerdotes, las parroquias y pequeñas comunidades que no pueden intervenir en cosas importantes.

El sentir con la Iglesia significa corresponsabilidad crítica y atenta, y no otra cosa a como Roma y algunos obispos pretenden mostrar al hacer comulgar al resto del Pueblo de Dios con ruedas de molino, sin pedir opinión, ni querer ver la razones para no acatar a ciegas una voluntad, revestida de derecho divino, que no se detiene en comprender las razones profundas de la resistencia a obedecer.

A una Iglesia que justifica sus mandatos como siendo la expresión abierta de la voluntad de Dios, se le puede exigir todo, por las mismas razones que ella lo exige todo de los hombres que pretende que le obedezcan. La autoridad que le venía a Jesús residía no sólo en que ésta procedía del Padre, sino en que Él mismo cumplía y vivía la voluntad de Dios.

Cuando la Iglesia, hablando en nombre de Dios, dice pero no hace; impone pero no cumple; exige pero no vive aquello que viene de Dios, se desautoriza a sí misma, hasta tal extremo, que a partir de entonces la obediencia pierde toda su virtud, y la disensión, no sólo no es un acto de desacato, sino una exigencia evangélica para denunciar a los que sin autoridad moral ninguna se atreven a “sentarse en la Cátedra de Moisés”.

El problema es lo suficientemente serio que no vale la pena sacar a colación ejemplos que están de rabiosa actualidad, como el de cierto obispo enfrentado a un pueblo entero; o esos sacerdotes suspendidos de sus funciones porque no pudieron obedecer a lo que inhumanamente se les exigía y no se valoraron las razones de sus negativas; o esas religiosas o religiosos obligados a dejar sus comunidades porque no quisieron ponerse al nivel del felpudo ante un superior que pretendía hacer de ellos lo más despreciable del convento.

Y de estos ejemplos todos los que se quiera…

¿Para cuándo la vivencia del poder en la Iglesia como servicio y solicitud? Me temo que a la eclesiología del Vaticano II le queda todavía mucho para ser asumida y recibida no sólo por el Pueblo de Dios, sino por la Jerarquía, que no parece estar dispuesta a cambiar de actitud por lo que eso supondría de pérdida de influencia y de dominio.

El poder, quizás no lo pierda la Iglesia, pero los papeles ya los ha perdido del todo.

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FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

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Soy licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Trabajé durante varios años en el sector editorial como redactor y director de una revista religiosa mensual. Docente de la Universidad Pontificia de Salamanca, trabajé como profesor de Teología. En la actualidad colaboro en diferentes periódicos digitales y preparo diferentes publicaciones de ensayo y narrativa.

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