¿QUÉ HEMOS HECHO DE NUESTRA LITURGIA?

La reforma litúrgica que llevó a cabo el Concilio Vaticano II supuso un soplo de entusiasmo y de esperanza para la inmensa mayoría de
No fueron pocas las voces de los ultraconservadores que en aquel momento se opusieron al abandono de los antiguos rituales y formas litúrgicas heredadas del Concilio de Trento. Sin embargo, lo que entonces fue un soplo del Espíritu, hoy en día parece haber derivado en una especie de hastío y desencanto que dista mucho del enardecimiento del principio con el que se acogió la reforma de
La actualidad denota una profunda desilusión de las comunidades cristianas, que no terminan de reconocerse en las celebraciones que encuentran en sus parroquias. Es como si la experiencia de Dios que es capaz de transformar la vida de los fieles fuera por unos derroteros diferentes, y a veces divergentes, de lo que el pueblo de Dios descubre que debería ser la expresión de la fe que el Señor suscita en sus corazones.
A veces por un celo excesivo y fidelidad a
Otros, sin embargo, llevados por un impulso menos convencional, terminan por dejar de ir a Misa y liberarse definitivamente del tostón semanal, aduciendo -como dicen tantos jóvenes- que para ser bueno no hace falta ir a misa, y aventurándose a vivir la experiencia del encuentro con Jesús al margen de
Con este panorama, no me extraña nada que no pocos cristianos se hayan alegrado y mucho de la liberación dictada por Roma para la celebración de la liturgia con los rituales anteriores a la reforma del Vaticano II. Sobre este punto ya he hablado en otras ocasiones y no pretendo hacerlo de nuevo ahora. Tan sólo quiero señalar que los insatisfechos por ver la disociación tan brutal que existe entre celebración y experiencia espiritual, apuesten por una vuelta al pasado de las formas, donde la belleza y la estética parecían responder mejor a lo sublime del encuentro del hombre con Dios, aunque esto no me parezca a mí que sea la solución al problema del desencanto generalizado.
¿Por qué no se toma el toro por lo cuernos y en vez de mirar hacia atrás se vuelve al sentido sobrenatural de los símbolos y gestos de la liturgia?
Si verdaderamente, el hombre es un ser simbólico, esta forma de comunicación indirecta debería tener toda su expresión en cada una de las celebraciones de
La estética de la liturgia debería traspasar las barreras del tiempo, irrumpiendo en el umbral de lo sagrado con la misma naturalidad a como los símbolos son capaces de hablar al hombre de toda época y condición.
Por eso, y esta es la gran falacia actual, cuando la acción simbólica pierde su poder porque se hace mal, no quedan más alternativas que inventarse cosas nuevas para que la comunicación con el pueblo no se pierda, y este no es el camino de la renovación litúrgica. Pero en el caso contrario, cuando la acción simbólica se convierte en rúbrica mecánica, ocurre lo mismo y la liturgia deja de ser el espacio o el ámbito donde se presencializa el Misterio de Dios, dejando al descubierto la vaciedad de los gestos que no expresan nada y menos aún el significado que el símbolo pretendía comunicar.
Desde aquí comprendo las reivindicaciones de un sector de
La cuestión no está en renovarse y adaptarse a los nuevos tiempos, sino en hacer bien las cosas. Una vuelta al pasado tampoco es la solución. Pero una educación por parte de los sacerdotes y del resto de los fieles en el arte de la liturgia es la clave para una mejora cualitativa de las celebraciones de
Si todas las energías que se ponen en lamentarse por la pérdida de fieles, especialmente de los jóvenes, en la participación litúrgica se pusieran en el mejor hacer celebrativo, quizás las cosas funcionaran de otra manera, y las eucaristías de las parroquias serían verdaderos encuentros del hombre con Dios, que dieran fe de la hondura y sed de Dios que tienen los creyentes de hoy en día.
