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La Coctelera

FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

IN DUBIS LIBERTAS: Una mirada desde dentro y fuera de la Iglesia

18 Julio 2007

FUERA DE LA IGLESIA TAMBIÉN HAY SALVACIÓN

El último documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe puntualizando algunos elementos de la Dominus Iesus sigue dando mucho que hablar, especialmente en aquellas comunidades eclesiales cristianas que no son “católicas”.

Sobre la cuestión de la universalidad de la Iglesia se me antoja un comentario acerca de la misión y de la presencia del Espíritu fuera de la Iglesia, por resistirme a la exclusión en la que Roma pretende colocar definitivamente a los hombres y mujeres que no forman parte de sus propias filas.

La misión se basa en la convicción de que el Evangelio de Jesús es válido para todos los hombres y todos los pueblos del mundo. Por eso, el diálogo entre las diferentes confesiones cristianas y las distintas tradiciones religiosas impulsa a la Iglesia a descubrir y a expresar con su propia vida, a través de la misión, aquello que todavía no ha llegado a ser, desarrollando así todo su potencial evangélico.

Cuando la Iglesia se hace auténticamente misionera, entonces se descentra y vuelve su mirada hacia fuera, descubriendo aquello que aún no ha logrado ser y que forma parte de la voluntad de Dios.

Desde aquí se comprende bien que la principal finalidad de la misión de la Iglesia no consiste en hacer crecer el número de bautizados. Su tarea no es la de desarrollar la institución, ni hacer aumentar el número de miembros. Su finalidad es ante todo teológica, es decir la de poder realizar plenamente el conocimiento y el amor de Dios que es ilimitado y universal, por eso el encuentro con las otras confesiones y religiones del mundo es algo que forma parte de su propia esencia.

Pero cuando la teología se separa de la misión, entonces la Iglesia, al igual que la reflexión teológica se establecen como estando a la defensiva, creando polémica y construyendo razonamientos y comportamientos apologéticos, porque del diálogo se pasa a la imposición.

Contrariamente a lo que a veces la historia ha mostrado, la Iglesia no es la fuente, ni la finalidad de la misión. La Iglesia está llamada a participar de una actividad que no procede de ella misma, sino de Dios, cuyo Espíritu Santo es su principal actor y promotor.

Ciertamente, Dios es la fuente y el fin de la misión, y por lo tanto el papel de los misioneros está subordinado a lo que Dios quiere, porque sólo son sus servidores.

En la Redemptoris Missio, Juan Pablo II habla de la presencia y de la actividad del Espíritu que “son universales, sin límites de espacio ni de tiempo”. Esta presencia y acción del Espíritu Santo “conciernen, no únicamente a los individuos, sino a la sociedad y a la historia, a los pueblos, las culturas y las religiones”.

Los misioneros no son los únicos en llevar una salvación exclusiva, como si la Iglesia Católica fuera su propietaria y dispensadora. Las personas que reciben el mensaje del Evangelio también están en relación con la salvación de Dios, porque Dios está en todas partes, incluso antes de que la Iglesia se haga presente. La salvación de Dios se derrama gratuitamente, y por vías desconocidas a todo hombre que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. La tarea de la Iglesia debe consistir, ante todo, en descubrir y reforzar esta presencia misteriosa, sorprendente e inabarcable de Dios, que actúa en el corazón de los hombres, por encima de la propia mediación de la Iglesia.

El misionero transido de Evangelio, sabe percibir y discernir cómo y dónde el Espíritu de Dios está presente en medio del mundo. Desde una actitud contemplativa, dialogante y respetuosa, se puede dejar de imponer el programa exclusivo de la Iglesia para dejarse sorprender por el diálogo que de hecho existe entre Dios y su pueblo, y poder participar de él con el corazón y la mirada de Cristo y descubrir allí la voluntad salvífica de Dios.

A los misioneros del pasado se les ha acusado muchas veces de querer imponer la fe de la Iglesia desde la hostilidad y la fuerza. Sin entrar ahora en analizar los métodos utilizados en cada época y por no caer en juicios anacrónicos, lo que sí se puede comprender es que con anterioridad al Concilio Vaticano II, las demás religiones que no eran cristianas no estaban consideradas como mediaciones de la Palabra de Dios, ni como caminos posibles para la salvación.

Hoy en día, la misión no se comprende fuera del diálogo ecuménico e interreligioso, porque la presencia del Espíritu supera las propias fronteras de la Iglesia Católica y, es en lo que los demás viven, cómo la Iglesia puede llegar a ser lo que verdaderamente debe ser para sí misma y para el resto del mundo.

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FAUSTO ANTONIO RAMÍREZ

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Soy licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Trabajé durante varios años en el sector editorial como redactor y director de una revista religiosa mensual. Docente de la Universidad Pontificia de Salamanca, trabajé como profesor de Teología. En la actualidad colaboro en diferentes periódicos digitales y preparo diferentes publicaciones de ensayo y narrativa.

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