ORAR CON LOS SALMOS

Guárdame, Dios mío, pues me refugio en ti”
Para sentir la necesidad de refugiarse hay que pasar la oscuridad del sufrimiento y del dolor físico o moral. Se refugia aquél que se siente a la intemperie, desasistido, débil y dolorosamente herido por la vida.
El refugio es la manifestación de un miedo difícil de remontar por uno mismo. Se busca el apoyo, la seguridad y la protección que uno no es capaz de darse a sí mismo. Cuando la precariedad se manifiesta en lo más profundo del corazón del hombre, no hay falsa seguridad a la que acudir ni en la que cobijarse porque no hay realidad a la que poder agarrarse.
La auténtica experiencia de Dios sólo puede hacerse desde aquí. Hasta que el hombre no pasa por esta experiencia de finitud, Dios no llega a ser experimentado por el hombre como el único apoyo sobre el que se fundamenta la existencia de la persona.
¡Qué paradójico tener que vulnerabilizarse para ser enaltecido por Otro que no soy yo mismo! Así es mi Dios, refugio y seguridad en la debilidad. Ese es el lenguaje de Dios que tan extrañamente se revela al hombre en el lenguaje de los pobres y sencillos, en el lenguaje de los que sufren y son marginados por la fuerza y la pretensión de los poderosos de la tierra.
Guárdame, Señor, protégeme de mis enemigos, de todos aquellos que me quieren mal e impiden que mi vida tenga valor ante ti y ante el mundo. Palabra de justicia salida de la boca de Dios que es capaz de invertir el orden de lo establecido por la vivencia extraña de la precariedad que transforma definitivamente los pilares del mundo.
Tan pequeño me encuentro que no me atrevo ni a mirarte. Pienso que he perdido hasta mi dignidad como hombre y como persona. Tan arrebatado me encuentro del lugar que ocupaba que la búsqueda de un refugio me suena a huida de este mundo. No soy nada, tan solo amor en puro dolor a la zaga de tu voz.
Aquí llego, confiado y abierto a la esperanza que regenera. Todo me es oscuridad, tan solo me queda el aliento de la búsqueda que gime irresistiblemente por la debilidad que me embarga. Y a pesar de todo me refugio en ti. No hay alternativa. No existe más salida que Tú. Ahora ya entiendo, todo se calma, todo es paz.
"Tú eres mi Señor, mi bien sólo está en ti"
Tú eres el Kyrios, mi Kyrios. ¡Qué título tan hermoso para hablar de Dios! El Señor es el dueño, el maestro. Todo le pertenece, todo es suyo, no hay nada ni nadie fuera de Él. Es el dueño de la vida, el Señor de la historia. Mi vida ahora está entre sus manos, buscando el refugio que protege.
Protégeme Dios mío, Dueño mío, Señor mío. Me has descentrado en el crisol del dolor, donde toda impureza queda destruida por el fuego que abrasa la miseria. Me quieres puro en la desnudez, y me pides que me entregue a Ti, sólo a Ti, nada más que a Ti.
En esta silenciosa intimidad, de corazón a corazón, la elocuencia de tu presencia acalla toda tentación de mesianismo humano que aquí, entre los dos, no tiene cabida. ¡Qué dulce esclavitud entregada, qué delicia de sentirse poseído por quien se adueña de lo que es suyo desde toda la eternidad!
Tuyo soy, tuyo sólo y de nadie más. Desisto de pertenecerme en la pérdida de sentido que me aliena en aras de un bien mayor. Y aquí me inclino reverente ante el poseedor de tanta bondad que difumina la vanagloria de la precariedad en la que me encuentro sumido, sin el sentido del consuelo del que sabe de quien se ha fiado.
Cuando al principio de la creación vio Dios que todo era bueno e incluso muy bueno, el universo hizo suya la cualidad de la belleza y por tanto de la bondad porque Dios mismo así lo asemejó a su propio ser. El bien de Dios culmina mi pequeño ser en la medida en que me dejo asemejar a Él.
Mi corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti, vida mía, mi bien más preciado, mi refugio y baluarte que aleja de mí todo miedo y desconfianza. Hago el bien por Ti, vivo el bien tuyo que hay en mí, la bondad de mi alma sólo tiene sentido desde Ti y para Ti.
Quiero hacer bella mi vida porque bello y bueno es mi Hacedor que me capacita para el bien. Ya no hay lugar para la oscuridad, todo es luz y belleza en Aquél cuya bondad comparte conmigo. ¡Qué buenas y maravillosas son tus obras, y es tu corazón!
